- Alguna historia sobre la Guerra Civil, contada desde el punto de vista de un joven republicano e idealista que, en busca de justicia y tras varios desatinos, encuentra el amor en otra joven jipiosa, junto a la que quiere ser feliz y fornicar en libertad, lejos de la represión. Ni que decir tiene, que el pelanas de turno ni ha vivido en la dictadura ni ha sufrido ninguna represión de su libertad.
- Alguna vaga crítica a cualquiera de los organismos multilaterales relacionados con el mundo económico (el Banco Mundial o el FMI preferentemente). Normalmente se tratará de instituciones con un máximo de tres siglas, porque si no, se pierden. En el caso del BM se podrá citar el nombre completo, ya que son palabras de uso corriente.
- También puede ser el objeto de uno de sus temas una mujer, de nombre misterioso y vaporosas cualidades, con la que el trovador mantenga una tormentosa relación, que puede incluir desde romper los platos, saltar por la ventana o alguna enjundia de acciones incomprensibles. La historia se puede resolver con el suicidio de cualquiera de las partes (por desgracia, esto casi nunca se lleva a término en la vida real), que siempre queda trágico y romántico.
- Cualquier otra gilipollez (sí, sabemos que los otros temas también son gilipolleces), aquí tienen cabida desde el repetir frases obvias en tono alegre a cantar alguna versión de temas afro-húngaros con toques étnicos brasileños (los dejes marroquíes están permitidos). Nótese que al incluir esta categoría nos libramos de que cualquier lector que vaya de listillo nos suelte una canción de esas raras que no entraría a formar parte de las otras 3 categorías.
Una vez que el cantautor ha conseguido componer su letra (para la música sólo necesita rasgar las cuerdas de la guitarra de una forma intencionadamente insulsa y aburrida) se encuentra con un problema de base: a nadie le importa 2 cojones lo que tiene que contar (o cantar, según los escrúpulos auditivos de cada uno).
Empieza aquí el periplo de nuestro héroe: con la guitarra al hombro y la barba de 3 días empezará a recorrer las salas clásicas dónde se perpetran esos crímenes contra la humanidad que son los conciertos de cantautor, a saber: Libertad 8, Búho Real, Sala Galileo Galilei…
Nos imaginamos al susodicho dando la charla de turno al dueño del garito en cuestión. Normalmente lo hará con acento andaluz o extremeño, en muchos casos forzado, y con miradas de pretendida complicidad.
<<Quiero hacer llegar mi arte a la gente, que experimenten mi sensibilidad>>. El dueño de la sala estará relativamente contento: por una nimia cantidad de dinero tendrá un nuevo reclamo para su público, siempre sediento de jóvenes malolientes con pocas posibilidades económicas.
El público de los cantautores es de lo más diverso, pero con un denomidor común: en su mayor parte son imbéciles. O eso, o despistados que entraron a tomar una cerveza.
Como anticipamos al comienzo de esta crónica, la mitad del público es femenino.
Entre las féminas se pueden encontrar tanto pijillas de Serrano como costrillas de Lavapiés.
¿Qué les une a todas?
Una serie de desequilibrios mentales y trastornos emocionales de lo más variado (no en vano la mayoría de ellas aspira a protagonizar alguna de las canciones los temas del punto 3). Sus nombres, si no son raros de por sí, pueden ser falsos, en cuyo caso seguramente estén en francés o árabe o sean de algún personaje del imaginario popular más ñoño.
La otra mitad son los pagafantas / sujetavelas, que acuden con expresión grave, aplauden profusamente y asienten con empatía ante las largas alocuciones que el artista suelta entre tema y tema (sí, si no cuenta la mitad de su vida en el consabido tono meloso, incidiendo con inquina en los puntos más trágicos de su patética existencia e interrumpiéndose de vez en cuándo para agradecer a su público que le haya permitido estar ahí, no es un cantautor de verdad). El objetivo final de estos subseres no es otro que el de practicar lo que da título a este blog con alguna de las desquiciadas que pululan por esos antros.
Por último, estarían los despistados (con los que nos conmiseramos, sentimos que hayáis tenido que pasar por eso) y los, por llamarlos de alguna forma, vasallos-proletarios del trovador.
Sí, sabemos que el término sorprende. Pero en torno a la figura del cantautor se despliega toda una estructura feudal-industrial en la que el primero es el señor y el resto (pseudo-mánager, recogedor de guitarras y demás cacharros, diseñador de flyers y algunos coleguillas) acuden tras él con la mera intención de cazar las migajas que deje caer. Y con migajas nos referimos a las señoritas con (sólo en su mayor parte, es justo resaltar esto) trastornos mentales, a las que en el futuro nos referiremos como Desquiciadas (la acepción Histérica se usará con otros propósitos en el futuro).
Sí, estimados lectores, lo que realmente sostiene la vida del día a día de los trovadores es:
- La facilidad de atraer a las Desquiciadas.
- Subvenciones y concursos que nadie sabe muy bien de dónde salen.
- La sorprendente imbecilidad de la raza humana (factor clave).
Así pues, a pesar de su enconada defensa de la libertad y la igualdad, el trovador del siglo XXI contribuye a perpetúar una de las estructuras sociales más atrasadas e inicuas (sí, es inicuas, inocuas es otra cosa, cretinos, que sé que os encanta ir de listillos).
Acaba aquí otro de los manifiestos de <<Sofía y el Sexo>>. Sabemos que es un tema duro y difícil de abarcar, pero nuestro rigor científico y capacidad de análisis nos indican que estamos en lo cierto.
Así pues, os instamos a comentar cualquier duda que os haya surgido tras la lectura de esta pieza.
Nos despedimos, no sin antes recordaros que es un imperativo moral el lanzar un escupitajo en la cara de cuantos canta-autores os encontréis.
Atentamente,
El esquipo de <<Sofía y el Sexo>>.
Escrito en Costumbres, Críticas postmodernas, Sociología, Varios | Etiquetado cantautor, cantautores, música, trovadores | 33 Comentarios »

