Una cola de impenitentes se arrastra profiriendo gruñidos bajo los techos de un moderno y lujoso edificio.
La piara es de lo más variopinto: jóvenes y viejos, pijos elegantes y pijos alternativos, mujeres, hombres y una sorprendente proporción de seres de sexualidad poco definida.
Todos se han dado cita una noche de la semana en la que normalmente estarían en un bar cepillándose botellas de ron o en casa jugando a la Wii en un lugar que no volverán a frecuentar en todo el año: un museo.
No, no es la última película de un trasnochado director español ni una obra de ciencia ficción.
Seamos sinceros: la mayor parte de la gente no sólo no sabe (sabemos, ejem) de arte. De hecho ni siquiera le interesa (nos interesa, ejem ejem).
¿Por qué perverso y extraño motivo se llenan pues las galerías de arte en determinada noche?
¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Conspiración? ¿Engaño? ¿Una retorcida dictadura?
Retrocedamos unos años atrás. Unos 10.
O mejor aún, que cada lector regrese a un período comprendido entre sus 14 y sus 16 años, esa época en la que los famosos granos salpican la cara y el estatus social empieza a ser más importante que los Playmobil.
— Escena cinemática —
Hornadas de prepúberes son forzados a introducirse en unos ochenteros autobuses bajo las órdenes de profesores llenos de intereses e inquietudes y deseosos de aleccionar a las masas y convertirlas en sibaritas culturales que disfruten de las pinturas de Goya o Velázquez.
Centrémonos ahora en las masas preadolescentes y adolescentes. Se encuentran en un autobús pésimamente ventilado, el ambiente está, por tanto, terriblemente cargado. La contaminación acústica provocada por unos timbres de voz demasiado agudos es insoportable. Ninguno sabe muy bien a dónde se dirige ni porqué.
La pintura les interesa cero. Sus padres, madres, tíos, tías, abuelos y abuelas no tienen muy claro quién es Dalí.
Sin embargo, esa misma generación es la que unos años después, durante una noche del año y como parte de un extraño ritual, abarrota los museos más prestigiosos del país.
— Fin de la escena cinemática —
¿Qué ha cambiado? ¿Ha surtido efecto la culturización forzosa y toda esa generación es capaz de apreciar el arte en sus más variopintas formas? ¿Leen libros de arte en sus ratos libres? ¿Se bajan documentales de Van Goch?
Damas y caballeros, nada más lejos de la realidad.
Los únicos libros de arte de los que disfruta la mayor parte de la gente son los Taschen que compran en el Vips para impresionar a alguien o los que regalan con el periódico (y los miembros de nuestro equipo editorial no tenemos ni esos).
Entonces, ¿qué hacen los museos llenos en una noche tan típica de bares?
La respuesta la anticipamos en las primeras líneas. Una dictadura, la dictadura de los culturetas.
Y el culpable es el profesor de la escena cinemática.
Sí, ese cruel dictador que hace que ahora te sientas culpable si pasas de los museos.
Pero en la labor procultureta no ha estado solo…
Y un día de estos seguiremos tirando de la manta.
Mientras dejamos una pregunta más en el aire:
- ¿De verdad aporta algo ir a los museos?
Hasta entonces nos despedimos.
Atentamente,
El Equipo de “Sofía y el Sexo”
lo más gracioso que me ha pasado en una cosa de estas es preguntar a unas señoras…
yo - para qué es esta cola?
señora 1- ni idea hija
señora 2 - antes nos hemos puesto en una muy larga que nos ha llevado al baño
¿Y todo este en japonés?
Umh, tiene su intríngulis…
Está claro que lo que relatas es un ejemplo claro de la decadencia que vivimos en nuestros días, pero a esas viejecitas se les pueden permitir estos deslices…