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Volveremos

No es un adiós, es un hasta luego

 


 

Queridos lectores y amadas lectoras:

 

Llevo más de dos tres meses sin escribir… No he tenido demasiado tiempo, y últimamente tampoco disponía de acceso a internet en casa.

Como comprenderéis, no podía crear mis obras en un ciber atestado de gentuza, por lo que he pospuesto mis creaciones.

Nos vemos en breve.

Atentamente,

 

Bulgarcito

Llegados a este punto, repasemos brevemente los acontecimientos acaecidos hasta ahora:

Desesperado por mi precaria situación en la capital del Reino de España me vi impelido a morar con Luis Lobo Negro en un minúsculo tugurio.

Las pequeñas reformas y añadidos que quedaban pendientes, como el fregadero en la cocina, los fogones nuevos, el microondas, los radiadores y la mampara en el cuarto de baño deberían haber estado listos en 4 días. No fue así. De lo dicho por mi casero, sólo era cierto que no estaba mucho en Madrid. Y menos mal, porque en una casa de ese tamaño dos eran multitud.

Sea como fuere, mi paciencia se agotaba. Desolado eché un vistazo a algún piso más por la zona, con resultados estériles. Por suerte, una habitación quedó libre en el piso de los cantautores. La habitación me encantaba, y encima ya no estarían los cantautores… Todo perfecto. Por un precio similar tendría una habitación enorme y bien amueblada. Los que han estado en ella de fiesta lo pueden atestiguar (creo que llegó a haber más de 20 personas a la vez).

Así pues, llegaba el momento de comentarle a mi anfitrión mis deseos de abandonar su morada…

Para hacer justicia debo reconocer que Luis Lobo Negro era un personaje simpático y dicharachero. Su compañía resultaba agradable, a pesar de que le encantaba sentenciar sobre gustos musicales. Para él, fuera del rockabilly y unos cuantos grupos de los 80 poco había que mereciera la pena.

También son dignos de elogio sus contactos con famosos de renombre, siempre gustaba de destacar detalles curiosos, como que había hecho de extra en algunas películas, como “Una de Zombies” (jamás comprobé si eso era verdad).

-”Y el Alex de la Iglesia me ha cogido de extra un par de veces, así haciendo de malote con la chupa de cuero y una birra. Ya le he dicho que me dé algún diálogo para el próximo papel, pero parece que pasa.”

Además, conocía a L.E., esa escritora para “chicas jóvenes” (es decir, desde quinceañeras repelentes a cuarentonas revenidas) con trastornos de personalidad, y afirmaba que un amigo suyo se había acostado con ella.

- “Un colega se la tiró, menuda guarra que es… Y con esas tetas… ¡Buah, el tío lo flipó!”

NOTA: Debo reconocer que desconozco la obra de la escritora de las vascongadas (la observación anterior es puramente empírica) y que me parece una persona agradable. Estas afirmaciones no van contra su persona.

NOTA de la NOTA: Aunque vi fragmentos de la versión cinematográfica “Amor, curiosidad, prozac y dudas” y sentí deseos de ejecutar a unos cuantos.

El momento más dramático llegó un día que íbamos juntos al metro.

- “¡Coño! Me llamó antes por teléfono el Manolo Uvi. El tío ahora está supercolgao, se dedica a hacer chapas y lo que saca se lo gasta en pastillas. Le he encargado unas cuantas más como esta.”

Me mostró la chapa con el logo de los Lobos Negros: un lobo con tupé.

Para quién no lo sepa (es decir, cualquiera con una mínima decencia), Manolo Uvi es uno de los iconos del punk español de los 80. Ya sabía que no había acabado en una mansión, pero comprobar cuán patética era la existencia de una “leyenda” del punk rock español me hizo meditar un poco.

- “Si quieres un día te lo presento, cuándo no se le va la pinza es mu majete.”

Los días pasaban y mi futura casa ya estaba libre. Y yo ya había confirmado mi compromiso… Sólo quedaba transmiterle la noticia al Lobo.

Como ese fin de semana no estaría en casa, decidí decírselo por teléfono.

- “Pero tío, no jodas, ¿por qué? Pero si estabas de puta madre.”

Le dije que me había salido una oportunidad en casa de un amigo, que estaba mucho mejor de precio y tamaño y todo lo que se me ocurrió, pero no parecía sentarle demasiado bien la noticia.

- “Joder tío, eres la hostia. Es que me pillas de sorpresa, si teníamos un colegueo y un buen rollo de la hostia.”

Amablemente le dije que lo sentía, pero que el otro piso era mejor y que iría con un colega amigo. Le comuniqué mi plan maquiavélico: me iba a quedar 15 días más sin pagar, descontándolo de la fianza. El resto me lo podía pagar al irme.

- “Bueno, de pasta ya hablamos, porque no sé si tengo la guita ahora”.

¡Pero si era mi fianza! ¿Qué había sido de ella? Por un momento pensé en L.E. Lo descarté al instante: supuse que para eso no sería necesario tanto dinero.

- “Tronco, es que me lo he gastado en las reformas y en la estantería que te pillé”.

La estantería… Ese fue otro episodio interesante que había olvidado…

- “Bueno, no te chines, el lunes o el martes hablamos.”

El miércoles apareció por casa.

- “Oye tío, que he hablado con mi hermana y dice que me estás timando. No te voy a devolver la otra pasta, porque no te has quedado un año entero, que es lo habitual en los contratos.”

Por supuesto, no teníamos ningún tipo de contrato.

- “Ya, ya sé que no tenemos contrato, pero las cosas son así y a mí me gusta hacerlas bien. No has cumplido.”

Su argumentación parecía irrebatible, así que escarbé en mi cerebro en busca de algo que me fuera útil. Recordé un día en la facultad, que estaba medio dormido…

- “¿Qué coño es eso de externalidad negativa? “

Amablemente le expliqué el concepto y lo apliqué a mi situación: había pagado un precio completo por un piso al que le faltaban cosas y por tanto había sufrido ciertas incomodidades.

- “¿Qué incomodidades tronco? ¡Si aquí hay de todo! ¡Incomodidades las de África, mira que eres pijo!”

Una vez más me había derrotado con sus irrefutables argumentos: primero pensé en los pobres niños sin  pan de África y después reparé en el detalle de que mi situación no era una externalidad negativa: había confundido los conceptos. Decidí interrumpir mis razonamientos antes de  terminar de perderme en externalidades, funciones de costes y esas cosas.

- “Coño, deja de repetirme eso de externalidades, que yo no soy un pijo de esos con estudios.”

Sí, aunque no tuviera sentido en este caso hay que reconocer que externalidad suena bien, por lo que decidí seguir un poco más con el término.

- “Vale, vale. No seas pesado joder. Mira que eres rata, ya te devolveré el dinero el mes que viene, cuándo alquile el piso a otro. Que ahora con las obras no tengo un duro. Ahora a poner otra vez el anuncio… ¿No conocerás a alguien interesado? Ya sabes que el piso está de puta madre y cuándo venga el próximo ya estará todo completo. Bueno, mañana vienen a poner la mampara y la semana que viene lo que queda de la cocina”.

Amablemente me ofrecía a ponerle el anuncio en algunas páginas que conocía.

- “Joer, gracias… Pero bueno, ya que me dejas colgao es lo mínimo que puedes hacer.”

Al llegar a casa el día siguiente comprobé atónito cómo la mampara estaba puesta. Ciertamente el baño ganaba mucho. Poco después la cocina estaba lista. ¿Podría ser que no me hubiera mentido y los lentos fueran los de las tiendas? Jamás lo sabré.

Mientras, la gente iba llamando para ir a ver el piso.

- “Colega, los anuncios que has puesto tiran de la hostia. Me está llamando mucha más gente que la otra vez. ¿Y ves qué de puta madre está ahora la casa? Es una pena que te pires justo ahora…”

Lo decía en serio… Y por un momento me sentí culpable.

Finalmente me marché, y quedé con él en llamarle en un mes para recuperar el resto del dinero.

Cuándo salía por la puerta apareció una noruega con pintas de rockabilly que iba a ver el piso, y de la que debo resaltar su belleza… Es lo último que recuerdo de aquella casa: Lobo Negro y ella mirándose con simpatía.

Un mes después llamé, me dio largas, y en tras otras dos llamadas logré mi cita. Nos reunimos en una cafetería cercana a mi antigua casa.

- “Coño tronco, ¡cuánto tiempo!. Tómate algo, que te invito. ¿Qué tal?”.

Le relaté mis últimas novedades y pregunté por el estado del piso.

- “No, la guiri esa, la sueca o la noruega, lo que fuera, no se quedó al final. Joder, menuda putada, porque estaba más buena…”

Tras un rato más de charla insustancial procedí a pedir mi dinero.

- “¿Tanto? No me acordaba de cuánto era… No jodas tío, es que es mucha pasta… Ahora no te puedo dar todo. Además no estuviste todo el año y no empieces con lo de las externalidades esas.”

Me di cuenta de que era cierto, no tenía el dinero. Podría pagarme una parte, pero todo… Seguramente le hacía más falta que a mí.

Empecé a reflexionar… Si con casi 40 años no puedes devolverle a alguien medio mes de alguiler es que las cosas no van bien del todo. Además, ¿quién me había mandado a mí meterme en esa casa?

Sabía de sobra que ni la cocina ni el baño estaban terminados, no me había mentido en ningún momento.

Y el casero era un rockero desconocido que rozaba la cuarentena… ¿En qué estaba pensando?

Me di cuenta que había sido mi gusto por lo extraño, por vivir situaciones aberrantes y sin sentido lo que me había llevado a esa casa. Debía pagar las consecuencias.

- “Mira, te doy esto, que es lo que puedo. Pero pagas tú la cuenta, que este sitio es una sajada… ¡ En que sitios más pijos te metes!”

Accedí sin problemas.

Le di la mano y nos despedimos afectuosamente.

Desde entonces, cuándo nos vemos, siempre nos saludamos efusivamente.

Un abrazo, querido Luis Lobo Negro.

Atentamente,

El “Equipo de Sofía y el Sexo”.

 

Retomemos la historia anterior en el punto dónde la dejamos.

Luis Lobo Negro y yo nos encontramos frente a frente en el umbral de su casa, tras mi llamada telefónica en respuesta a su anuncio…

En cuanto nos vimos hubo una química de lo más positiva. Yo estaba tan desesperado por poder deshacer las maletas y él por conseguir un pardillo que le pagara las reformas que le quedaban por terminar que decidimos darnos una oportunidad.

Tan mal me encontraba que no me echó atrás el hecho de que el fregadero de la cocina no estuviera en su sitio, que no hubiera mampara en el baño*, que el sofá fuese incómodo a más no poder,  que no hubiese calefacción, que la cama de 90 ocupara casi toda mi futura habitación… Necesitaba ya un sitio para quedarme.

Una de las cosas que más me gustó de mi futuro anfitrión fue el hecho de que no viviera permanentemente en Madrid, por lo que podría tener el cuchitril asqueroso la casa para mí solo la mayor parte del tiempo.

Después de mi atormentada convivencia me parecía todo un lujo.

A pesar de eso, debo confesar que mi suspicacia se activó, ciertas frases iban mostrando su pelaje:

- “Ya verás, vas a estar de puta madre en esta casa. Pleno centro, ¡esto es un lujo! Y si te quieres traer alguna tía ningún problema. Pero luego acompáñala a la puerta, no sea que robe algo al salir, que a mí me ha pasado alguna vez”.

No quise reflexionar demasiado sobre el significado de estas palabras, ¿qué tipo de mujeres llevaba a casa mi futuro anfitrión?

A pesar de eso, decidí continuar, y tras algunas llamadas para pedir consejo (una de ellas a Marta, de Durmiendo con el enemigo), y una visita a otro par de agujeros, detuve mi dispositivo de búsqueda, me despedí con unos versos de mis compañeros cantautores, recogí mis pertenencias (me llevó como 15 minutos) y partí hacia mi nuevo destino.

Al poco de llegar y desempaquetar me llamó mucho la atención las prisas de mi estimado Luis Lobo Negro por recibir el pago. No era mala educación, simplemente necesitaba el dinero para poder encargar las reformas restantes.

- “Colega, estaba esperando la guita como agua de mayo, en 4 días esto estará listo y estarás aquí de puta madre, antes de que haga frío la calefacción estará echando humo colega”.

Con una sonrisa en la boca, creyendo que ya las cosas empezarían a ir bien, cambié la cama y el armario de sitio y, desolado, comprobé que el espacio libre seguía siendo aproximadamente el mismo. No, 4 metros cuadrados no dan para mucho, no importa cómo los aproveches. A pesar de todo, es justo reconocer que sentí un gran alivio al deshacer la maleta. ¡Por fin!

Tras colocar mi edredón nórdico de delfines el aspecto de la habitación era algo más alentador. Luis no tardó mucho en dar su opinión:

-”Coño tío, te ha quedado una habitación de puta madre. Tiene un estilo mogollón de hogareño. Vas a estar como dios. Ya verás cuándo subas alguna tía, lo va a flipar”.

Y después, añadió: “Pero recuerda, luego acompáñala a la puerta, que las hay mu listas”.

Miré con curiosidad el salón. ¿Qué podía robar mi futura amante? ¿La tele polvorienta de 14 pulgadas o el radiocassete del 85? ¿Quizá alguno de los apreciados originales de los Lobos Negros? ¡Claro! Eso podía ser. Descontando los ejemplares de las gasolineras de la España más profunda no debía haber muchas copias en circulación.

Pasaron poco a poco los días, ciertamente la mayor parte de la semana Luis Lobo Negro estaba fuera de la ciudad. Pero… Mi casa seguía incompleta.

Cocinar suponía un infierno, cualquier cosa que quisiera fregar tenía que llevarla al cuarto de baño, que no es que estuviera especialmente lejos, pero tampoco era lo mejor para mantener la higiene del hogar.

El microondas o el horno no habían llegado tampoco a la vida de Luis Lobo Negro, aunque según me aseguró, el primero estaba por aparecer. “Un día de estos te traigo uno del pueblo, que es que nuevos son muy caros”.

Mientras, el frío empezaba a asomar… También observé que para ducharse había que ser rápido: el agua caliente no duraba más de 3 minutos. Cuándo pregunté a mi casero el porqué la respuesta fue simple:

- “Es que estos cacharros, los calentadores esos, cuestan una pasta. Vino un chaval mu majete y me dijo que una pava forrá de esas había tirado uno que le sobraba, y que si lo quería pa’mí me lo instalaba por 30 pavos. Así que de puta madre. Pero vamos, que si te das prisa pa’ ducharte cojonudo”.

En ese momento me percaté de que tendría que renunciar a uno de mis placeres favoritos: las duchas largas. Un placer, que debo confesar, no era compartido ni entendido por mi anfitrión.

Ya llevaba dos semanas y las reformas seguían sin fecha concreta.

- “Coño tronco, hoy he vuelto a ver al pavo de las cocinas y al de las mamparas y dice que mañana sin falta”. Hasta 5 veces escuché la misma frase, eso sí, con ligeras variantes. Después de todo me encontraba ante un creativo musical.

Ante mi sugerencia de sustituir la peligrosa cocina de gas, que soltaba alguna que otra llamarada y se atascaba, por una vitrocerámica, me respondió que era muy caro. Así pues, le propuse un trueque: dado el pequeño tamaño del apartamento podía poner sólo un radiador en el salón y con el ahorro pagar la vitrocerámica. A los que piensen que fue una mala idea sólo les puedo decir que soy un tanto averso al riesgo, y que tener que sacudir los fogones para que la llama se encendiese me daba un poco de, como diría Lobo Negro, mal rollete.

A la tercera semana mi paciencia comenzó a agotarse. Mi camarada no me concretaba nada y tampoco se ofrecía a una reducción en el alquiler.

Paralelamente recontacté con la casa de los cantautores. Una de las habitaciones, bastante decente, amplia, bien iluminada, con muebles nuevos y una neverita, quedaría libre.

¡Sí, era una en la que me metía cuándo no había nadie mientras pensaba que era la habitación que quería tener! Además, parecía ser que la mugre cantautoril se marchaba a la montaña para escribir sus mierdas jipiosas y que los que quedaban eran gente decente. Todo parecía arreglarse.  Decidí que lo mejor sería escapar de la lobera, así que concreté una fecha y les dije que contaran conmigo.

Ahora sólo quedaba despedirse de Luis Lobo Negro… Y recuperar la fianza, lo que merece el tercer y último capítulo de esta vivencia personal.

Hasta pronto, queridos lectores.

* Nota del editor: en este caso concreto la mampara era un bien imprescindible, la cortina no llegaba hasta el suelo y cualquier ducha implicaba tener que fregar todo al terminar. Cuándo tienes prisa por las mañanas es algo harto incómodo. A mi anfitrión no era algo que le quitara el sueño, fregar una vez a la semana no es tan cansado.

 

— Introducción de rigor —

El año 2005 (famoso por la socarrona estupidez que tantos y tantos palurdos pudieron gritar en la Nochevieja de 2004) tocaba a su fin cuándo un joven pre-Bulgarcito hacía las maletas, cogía la boina, se apretaba la cuerda a modo de cinturón y partía a la capital del Reino de España, en busca de fama y gloria.

Quedaba tiempo para que se convirtiera en el auténtico Bulgarcito, aún desconocía las altas metas que le aguardaban y las grandes hazañas que le depararía el destino.

— Fin de la introducción de rigor —

Obviaré los primeros acontecimientos que rodearon mi llegada a Madrid por considerarlos tediosos, a modo de resumen os dejo el dato de que en poco menos de 3 semanas habité en 3 lugares distintos.

  • Del primero, casa de un buen amigo, me expulsaron sus malévolas tías, personajes Dickensianos a más no poder (no las llegué a ver, pero me las imagino así).
  • El segundo era una habitación con un colchón del que sobresalían unos muelles oxidados (por suerte mi vacuna del tétano todavía estaba vigente) y que se encontraba en el piso de unos cantautores, dónde los perros campaban a sus anchas y mi aceite de oliva desaparecía misteriosamente.

El tercero… El tercero es del que os quiero hablar.

Desesperado por mi precaria situación y ante la posibilidad (real) de acabar con cualquier tipo de infección incurable (amén de perder el juicio y acabar escuchando con gusto al imbécil de Ismael Serrano) partía cada tarde a la búsqueda de habitación, situación que me recordaba poderosamente a la búsqueda de empleo. Si al menos en el segundo caso iba a recibir algo a cambio, en el primero me encontraba terriblemente desorientado ante la necesidad de mendigar para acabar pagando un dineral a cambio de poder dormitar en infectos tugurios.

Pasaré por alto el torrente de desdichas inmobiliarias y humanas que pude ver, que abarcaba desde habitaciones sin ventanas y casi sin muebles a micropisos habitados por fracasos genéticos para dedicarme a la que fue finalmente la casa escogida.

En el cénit de mi desesperación y ante la imperiosa necesidad de conseguir una habitación con armario dónde poder dejar mis cosas (llevaba tiempo guardando todo en una maleta) me vi abocado a aceptar la que por el momento era la mejor oferta.

Lo interesante no es la casa, situada cerca de la céntrica parada de Bilbao, con apenas 25 m2 en los que cabían 2 habitaciones, cocina, baño y salón (si a esto le unimos que una de las habitaciones tenía un tamaño decente imaginad cómo era la mía).

Para describir un poco más la casita os dejaré un par de datos: cuándo uno estaba sentado en el cuarto de baño la cabeza le daba contra la pared, en la cocina  no entraban dos personas a la vez y además estaba en proceso de remodelación, pero,  según me dijo mi “casero”, todo estaría listo en menos de una semana…,

Como os anticipaba, la mayor sorpresa de mi nueva vivienda no era que fuera un tugurio infecto, pequeño y cucarachil, si no el personaje que la habitaba.

Mi futuro compañero no era un joven en busca de oportunidades, era un rockabilly de unos 40 años, cuya mayor gloria era haber vivido en primera persona la movida madrileña.

Desgraciadamente para todos, sólo sobreviven los mediocres.

Siempre me había preguntado qué sería de los rockerillos radicales que inundan con 20 años los bares, ¿qué les pasaba a partir de los 30? ¿Dónde se metían?

Mi teoría era que al final retomaban el rumbo y abandoban esas destructivas costumbres para reintegrarse en la sociedad a la que tanto habían odiado, y, o bien estudiaban y acababan haciendo un master en alguna recóndita parte o bien se convertían en albañiles o fontaneros, se dedicaban a trabajar y formaban familias decentes.

Pero, me preguntaba yo de forma ingenua, ¿qué pasaría si uno de estos elementos se negase a cambiar y desafiase a la sociedad? ¿Y si llegase a los 40 manteniendo su destructiva y estéril forma de vida?

Si esto ocurriese, podría triunfar y convertirse en un viejo con pintas de rockero (a lo Rolling Stones, que son como viejetes de residencia disfrazados de idiotas)… O fracasar, manteniendo un nivel medio-bajo que le permitiese arrastrar su patética existencia.

En ese caso, ¿Cómo sería un rockero fracasado de 40 años?

Ante mí tenía la respuesta, su nombre: Luis Lobo Negro, fundador y líder de los Lobos Negros.

Con una estatura no muy superior al metro y medio (lo que me otorgaba una ventaja en centímetros a la que no estoy muy acostumbrado), unos cuantos kilos de más, unas patillas nutridas y un tupé enorme (además de grasiento, dudo que hubiese tenido dinero para tanta gomina) me encontraba frente a una “leyenda viva” del Rock español.

— Fin de la primera parte —

La enorme extensión de esta vivencia personal imposibilita el concentrarla en una sola entrada. En breve se pondrá a su disposición la 2ª parte de esta vivencia personal, dónde se contarán algunos acontecimientos acaecidos en la morada de los Lobos Negros y el trágico desenlace, con batalla dialéctica por la fianza incluída. El formato elegido será en algunas partes el diálogo

Como despedida, enlazamos un vídeo del protagonista de la historia (Luis Lobo Negro, no Bulgarcito).

Myspace de los Lobos Negros.

P.d.: Nos gustaría dejar algunas fotos de la casa, pero no aparecen…

Aterriza en “Sofía y el Sexo” una nueva sección destinada a relatar algunos de los hechos acaecidos en la vida del insigne pensador Bulgarcito antes de reencontrarse con su esencia kármica.

El primero de estos capítulos estará dedicado a la llegada del héroe a la capital española y de cómo acabó conviviendo con un rockabilly de más de 40 años. La serie continuará con otras famosas vivencias como la de formar parte de un jurado popular o ser presidente de mesa en unas elecciones autonómicas.

Permanezcan atentos a sus pantallas.

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Hace aproximadamente una semana decidí salir de mi sala de meditación para asistir al cine y mezclarme con las masas a las que sabiamente pretendo adoctrinar.

Sí, ¡dura tarea la del amaestrador de cabras, siempre en su cuarto elaborando sesudos tratados que ayuden a la humanidad a prosperar!

La película elegida no fue otra que la versión cinematográfica de “Sexo en Nueva York”, conocida en búlgaro como “Сексът и градът” (el sexo y la ciudad, fiel a su título original).

Constituye, sin atisbo de duda, el mayor aborto cinematográfico que he visto en mucho tiempo. La carencia de ritmo, la sucesión de escenas sin orden ni concierto, la falta de una trama mínimamente sólida, de una estructura y la ausencia de lo que casi cualquier película decente debe tener: un planteamiento, un nudo y un desenlace me dejaron pasmado durante las dos horas y media que duró.

Y no sabéis, mis queridos lectores, cuánto me alegro de haberla visto. Si hay algo que detesto es la indiferencia, si esta hubiera sido una película decentucha ya no estaría en mi mente, pero al ser tan mala, no la olvido ni queriendo.

Además, ¿hay alguna película en la cartelera que refleje mejor el signo de nuestros tiempos que esta?

Pues no. Y punto.

El postfeminismo revenido que tanto criticamos en su día tiene en “Сексът и градът” (se lee “sexat y gradat”, más o menos) su máxima expresión.

Cuarentonas arrugadas (nos ahorraremos el símil de las pasas por ser demasiado típico) se pasean por el film (así es como se dice película en búlgaro) luciendo caros modelitos junto a unos cuantos trastornos mentales y una actitud de quinceañeras perpetuas.

Cola light y sexo

La película hasta destila algunos momentos melancólicos. Cuándo al final (da igual que os cuente el final, en serio,  en esta película el orden de los factores no altera el resultado) Samantha sopla las velas de su 50º (ni idea de cómo se dice el ordinal) cumpleaños entendemos que una era ha terminado.

El icono fundamental del postfeminismo noventero y de principios de siglo, del que tanto se escribía en las revistas femeninas que cogía de mi madre (según me contaron) ha llegado a su fin.

 

Y ¿qué es lo que queda?

Un grupillo de cuarentonas desquiciadas jugando a las muñecas…

 

 

 

 

 

La noche de los museos

Una cola de impenitentes se arrastra profiriendo gruñidos bajo los techos de un moderno y lujoso edificio.

La piara es de lo más variopinto: jóvenes y viejos, pijos elegantes y pijos alternativos, mujeres, hombres y una sorprendente proporción de seres de sexualidad poco definida.

Todos se han dado cita una noche de la semana en la que normalmente estarían en un bar cepillándose botellas de ron o en casa jugando a la Wii en un lugar que no volverán a frecuentar en todo el año: un museo.

No, no es la última película de un trasnochado director español ni una obra de ciencia ficción.

EsLa noche de los museos”.

Seamos sinceros: la mayor parte de la gente no sólo no sabe (sabemos, ejem) de arte. De hecho ni siquiera le interesa (nos interesa, ejem ejem).

¿Por qué perverso y extraño motivo se llenan pues las galerías de arte en determinada noche?

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Conspiración? ¿Engaño? ¿Una retorcida dictadura?

Retrocedamos unos años atrás. Unos 10.

O mejor aún, que cada lector regrese a un período comprendido entre sus 14 y sus 16 años, esa época en la que los famosos granos salpican la cara y el estatus social empieza a ser más importante que los Playmobil.

— Escena cinemática —

Hornadas de prepúberes son forzados a introducirse en unos ochenteros autobuses bajo las órdenes de profesores llenos de intereses e inquietudes y deseosos de aleccionar a las masas y convertirlas en sibaritas culturales que disfruten de las pinturas de Goya o Velázquez.

Centrémonos ahora en las masas preadolescentes y adolescentes. Se encuentran en un autobús pésimamente ventilado, el ambiente está, por tanto, terriblemente cargado. La contaminación acústica provocada por unos timbres de voz demasiado agudos es insoportable. Ninguno sabe muy bien a dónde se dirige ni porqué.

La pintura les interesa cero. Sus padres, madres, tíos, tías, abuelos y abuelas no tienen muy claro quién es Dalí.

Sin embargo, esa misma generación es la que unos años después, durante una noche del año y como parte de un extraño ritual, abarrota los museos más prestigiosos del país.

— Fin de la escena cinemática —

¿Qué ha cambiado? ¿Ha surtido efecto la culturización forzosa y toda esa generación es capaz de apreciar el arte en sus más variopintas formas? ¿Leen libros de arte en sus ratos libres? ¿Se bajan documentales de Van Goch?

Damas y caballeros, nada más lejos de la realidad.

Los únicos libros de arte de los que disfruta la mayor parte de la gente son los Taschen que compran en el Vips para impresionar a alguien o los que regalan con el periódico (y los miembros de nuestro equipo editorial no tenemos ni esos).

Entonces, ¿qué hacen los museos llenos en una noche tan típica de bares?

La respuesta la anticipamos en las primeras líneas. Una dictadura, la dictadura de los culturetas.

Y el culpable es el profesor de la escena cinemática.

Sí, ese cruel dictador que hace que ahora te sientas culpable si pasas de los museos.

Pero en la labor procultureta no ha estado solo…

Y un día de estos seguiremos tirando de la manta.

Mientras dejamos una pregunta más en el aire:

  • ¿De verdad aporta algo ir a los museos?

Hasta entonces nos despedimos.

Atentamente,

El Equipo de “Sofía y el Sexo”

Tengo una misión

Sí, la tengo.

La desidia me ha podido, me dejé vencer por la vagancia y arrastré a todo el equipo de “Sofía y el Sexo” en mi retiro espiritual.

¿Qué sentido tenía seguir escribiendo? ¿Estaba sirviendo de algo mi misión evangelizadora?

Pero esta mañana lo he visto claro.

He googleado “Sofía y el Sexo” y lo que he encontrado no me ha dejado ninguna duda sobre la necesidad de mi regreso.

Los que nos siguen recordarán la polémica entrada en la que con motivo de la cercana celebración de las elecciones y de que teníamos a mano las papeletas de Madrid aprovechamos para destripar unos cuantos partidos minoritarios, haciendo uso del derecho divino a insultar por el que la Constitución debería velar.

El último partido era otro residuo social más, un partido leonés.

Y sí, antes leisteis bien. Las papeletas eran de Madrid.

¿Sabéis qué hacía un partido de pelagatos leoneses presentándose para defender las particularidades leonesas en Madrid?

¡Pues yo tampoco!

Pero parece que alguien se ha sentido ofendido, el dueño del blog cuya imagen enlazamos en su día escribió una feroz (todo lo feroz que un defensor de la oprimida cultura leonesa puede llegar a ser) crítica a este nuestro blog. Y encima, el muy jeta, ni nos enlazó.

Pero hombre de dios, ¿es que no sabes que la cultura 2.0 es la de enlazar y fomentar el diálogo? (nota: en breve presentaremos un concienzudo análisis de la nueva cultura de Internet).

Por supuesto, nosotros enlazamos al creador de tan infecto comentario, y además, le informamos sobre lo que hacemos.

¡Enhorabuena! ¡Vas a tener tu primer comentario!

Por eso me he dado cuenta de que tengo una misión: combatir la idiotez (cual Quijote, pero a lomos de una silla de plástico y delante de un maltrecho ordenador), que se esparce por el mundo.

El mensaje de “Sofía y el Sexo” se debe difundir.

He vuelto.

Hemos vuelto.

Atentamente, el equipo de “Sofía y el Sexo”.

Fue un tema de debate en los comentarios de Cantautores, el quiste social los retorcidos términos de búsqueda con los que muchos lectores llegan a este blog.

En este post (que no nos engañemos, es el típico post que nos da por sacar cuándo estamos vagos) analizaremos de forma más profunda las palabras clave que diversas personas de carne y hueso introducen en la caja del Google para llegar aquí.

Y es que, poniendo la palabra “sexo” en el título sabíamos de sobra que las visitas se incrementarían, pero lo que no podíamos llegar a sospechar es lo que la gente es capaz de escribir en momentos de, llamémoslo, aturdimiento. Expresiones tan truculentas como zofia sexo con animales porno” son más habituales en las estadísticas de lo que nuestro equipo editorial desearía.

Para facilitar el análisis hemos elaborado una lista con algunos de los términos que más han llamado nuestra atención (no sólo sexuales), ahí va:

  • zofia sexo con animales porno: El que ya os anticipábamos en el texto, y, sin duda, uno de los más bizarros y curiosos. La frase es lo bastante explícita como para que no necesitéis ninguna ayuda para descifrarla.
  • sexo con viejos: Otro degenarado más. Lo que no nos entra en la cabeza es cómo puede un buscador decente y digno traer a alguien a “Sofía y el Sexo” con esas palabras… Lo de arriba todavía lo pillamos (Zofia, sexo…), ¿pero esto? Si se llegara a saber es muy posible que las acciones de Google cayeran en picado.
  • se le ve el chocho por la falda corta: Una vez más nos quedamos estupefactos… ¿Pero qué clase de engendro puede escribir esto? (esta pregunta nos la haremos bastante a lo largo de este post). El chaval, lleno de granos y con gafas de pasta, al menos denota imaginación (un tunero se habría contentado con escribir “tetas”). Puede que nos encontremos ante el próximo “Lucía Etxebarría” en versión macho vindicativo.
  • fotos cde humilladas: Queda claro que en la emoción del momento el protagonista de la escena fue incapaz de escribir correctamente lo que su depravada mente le pedía. Mala suerte chico, hasta la próxima.
  • sexo de chias con animales: Ay, ay, ay… Otro que viene buscando cosas raras. ¡Pírate al corral con la mula, zascandil! ¡Deja de distraer a los filósofos del nuevo siglo!
  • alaska desnuda: Podemos entender la zoofilia, los viejos, las humilladas… Pero ¿esto? ¿Quién quiere ver a Alaska desnuda?
  • sex entre viejos y chicas: ¡Vete a Benidorm! Nosotros nunca hemos estado allí, y según hemos oído más que viejos con chicas jóvenes lo que hay es inglesas gordas haciendo turismo sexual con españoles e italianos salidos… Pero bueno, nos apetecía decir ¡vete a Benidorm!

Pero no todo es sexo. Y de hecho, empezamos a notar cómo nuestra misión evangelizadora fecunda entre la población:

  • publicidad sexista de vodka: Bueno, esperamos que disfrutara de los post de “Flirt Vodka”.
  • gafapastas: Bien, bien, estás en el sitio adecuado.
  • fumador: No entendemos…
  • carlistas: Dado que que esta palabra no es la más popular en Internet nos tememos que el nuestro fue uno de los mejores resultados posibles para el carlista de turno. ¡Suerte con la causa!
  • lucia y el sexo: Esto nos gusta, que un desgraciado que tenga interés en ese bodrio acabe en este remanso de sabiduría nos da una idea de lo útiles que podemos ser al mundo.
  • lucía y el sexo “quiste social”: Este ya venía con las ideas claras. Muy bien, enhorabuena. Pero el “quiste social” son los cantautores, esa película sólo es una cagada pretenciosa.
  • cantautores jovenes brasileros: El ser infecto que osara buscar este tema merecería la hoguera… O la posibilidad de ser reeducado gracias a nuestro blog. Sigue leyendo si quieres salvarte.

Y por último…

  • el sexo de sofia: Por lo visto hay un libro de mierda que nació de un blog con ese nombre… Aquí tenéis más información. ¡Te vamos a demandar!

Eso ha sido todo por hoy.

La evidente decadencia en la que se encuentra sumido nuestro mundo hace de nuestra presencia algo necesario. Somos, casi con toda seguridad, el último bastión de la decencia en occidente.

Por tanto, mientras nos encontramos sumidos en la elaboración de nuestro Manifiesto, seguiremos plantando cara a la basura que nos rodea.

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